La construcción del buen gobierno
Pierre Rosanvallon. El politólogo sostiene que el Poder Ejecutivo es el lugar de las decisiones y que se lo debe controlar para evitar el autoritarismo

Fuente: Revista Ñ
Invitado por el Centro Franco-Argentino de la UBA, la Editorial Manantial, y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el historiador francés y profesor del Collège de France, Pierre Rosanvallon estuvo presentando su último libro: El buen gobierno . En esta obra, que completa su trilogía reciente sobre las transformaciones de las democracias contemporáneas, propone ir más allá de una democracia de autorización –centrada en las elecciones– para revitalizar una democracia de ejercicio, en la que la acción cotidiana del gobierno conjugue transparencia, rendición de cuentas y escucha, y se exija a los gobernantes las cualidades de la veracidad y la integridad.
Su libro El buen gobierno parte de la constatación de la ausencia de una teoría democrática de la acción gubernamental. ¿Cuál es la diferencia entre el vínculo representantes-representados y el vínculo gobernantes-gobernados?
Esta diferencia tiene que ver con la naturaleza del poder al que nos referimos. Toda la historia de la democracia ha estado organizada alrededor de la búsqueda de un parlamento que representara la sociedad, que se constituyera a la imagen de la sociedad. Fue por eso que se intentaron fórmulas de limitación de la duración y acumulación de los mandatos, que se implementaron mecanismos de representación proporcional, que se experimentaron formas de representación más social –como ocurrió con el desarrollo de los partidos de clase en Europa–, que luego hacia fines del siglo XIX, se ensayaron elecciones primarias en Estados Unidos actualmente también implementadas en Europa, en América Latina y en otros países; y que más recientemente se organizó en diferentes países el principio de paridad, en vistas a la igualdad entre varones y mujeres en los cargos públicos.
Pero el hecho es que hoy, el rol de los parlamentos no ha dejado de declinar. ¿Por qué? Simplemente porque la producción de la ley no es más el centro de la vida política; el centro de la vida política son, en cambio, las decisiones que hay que tomar en todos los campos; y es el Poder Ejecutivo el que constituye el órgano cotidiano de toma de decisiones. Tal es así que el término “Poder Ejecutivo” está ya desactualizado. Porque “ejecutivo” quería decir, en alguna medida, “poder secundario”. Y poco a poco –la Primera Guerra Mundial marcó un giro irremediable en este sentido– se vio que la decisión adquiría más importancia que la norma. De este modo se produce un desplazamiento del centro de gravedad de la democracia: la democracia ya no es simplemente la organización del sistema de representación sino que deviene –o debe devenir porque todavía se trata de un terreno virgen– la organización del vínculo entre los ciudadanos y los gobernantes.
Justamente, como usted mostró en varios de sus libros, la “buena representación” ha sido el principal desafío de las democracias a lo largo de su historia. Y esta historia ha revelado siempre fracasos, desencantos; ¿sería más fácil de alcanzar el “buen gobierno” que la “buena representación”?
Hoy tenemos también el sentimiento de la mala representación. Sobrevive el sentimiento de que el mundo político está desconectado de la sociedad y, sobre todo, que no conoce y no comprende a la sociedad. Pero, por otro lado, la cuestión del mal gobierno está presente, y lo está porque nunca ha sido verdaderamente formulada en tanto que tal. Se ha presupuesto históricamente, en algún sentido, que había una continuidad entre el momento electoral y el momento gubernamental, que los programas más tarde se transformaban en políticas. Y esto es cada vez menos cierto. Entonces, por el hecho de que los programas no se transforman más en políticas, tenemos la constitución de una suerte de “hemiplejía democrática”, porque existe una ruptura de la temporalidad. La democracia organiza el tiempo electoral, pero no organiza el tiempo gubernamental. Para tomar una imagen metafórica: podemos decir que las elecciones dan a un grupo un “permiso de gobernar”, pero que este permiso de gobernar no está vinculado a un “código de gobierno”, mientras que cuando tenemos un “permiso de conducir” debemos seguir el “código de tránsito”. Hoy en día, hacer entrar el poder que llamo “gubernamental” –más que “ejecutivo”– en la democracia es eso, en el fondo: es definir un código del buen gobierno, del gobierno democrático.
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